La residencia en la costa norte del Perú abraza las formas de la naturaleza y propone un estilo de vida minimalista y orgánico.

El Taller Alejandra Iturrizaga diseñó una casa en el norte peruano, que transcurre entre la playa y el desierto, entre la riqueza del mar y una aridez que está, sin embargo, llena de vida. Ubicado en Máncora, una de las principales ciudades costeras de la región en la ladera de un cerro, a pocos pasos del mar y con las dunas a sus espaldas, el proyecto decidió enraizarse en la naturaleza.

El programa de la casa se adapta al recorrido natural del cerro y va subiendo cinco niveles. Este recorrido siempre es por fuera de la casa, a través de escaleras y puentes que responden a la topografía. Esa sinuosidad le confirió su nombre al lugar, conocido como Casa Serpiente.

“Siempre abogo por diseñar de adentro hacia afuera para que la función de los interiores se vea reflejada hasta la fachada, pero este caso hicimos lo contrario”, explicó la arquitecta peruana Alejandra Iturrizaga. “Aquí el proceso fue de afuera hacia adentro pues era importante que la casa hable con el cerro en todo momento, ya luego hemos afinado elementos. A partir de lo que está afuera comenzamos a pensar los espacios, su tamaño, y hemos pensado la casa de manera escultórica”.

La casa fue pintada enteramente con tierra dulce de la zona: una con tonos mostaza y otra con visos morados

Paisajes interiores

Un camino de trocha conduce al ingreso de la casa. En el primer nivel se encuentran un taller, la lavandería y otros servicios; ahí se empieza a subir de forma ondulante, siguiendo el compás del cerro; en un descanso se ubica una banca con macetero en ele, que se convierte en un espacio transitorio. En el segundo nivel se encuentra el dormitorio de invitados con una terraza que mira al mar y otra que mira a la roca.

En el área social se prescindieron de muros y más bien se dejó la roca como cerramiento

En el tercer nivel, sobre un puente, se encuentra la recámara principal que también tiene dos terrazas: una de cara al mar y otra, muy amplia, que alcanza a mirar por encima de la cumbre de los cerros y descubre las dunas del desierto costero, que se encuentran más allá. Para llegar al baño principal se atraviesa el walking closet y se llega a un recinto con ducha al aire libre y una cúpula que se ha picado de tal manera que la propia roca del cerro se revela.

Los dormitorios tienen dos terrazas, una que mira al mar y otra que mira a la roca
Parte de la colección de muebles y objetos de la propietaria halló su lugar en esta residencia

La zona social se encuentra sobre el dormitorio principal; el ambiente que alberga la sala, el comedor y la cocina prescinde de paredes y más bien luce la roca expuesta. Hacia el frente, el espacio se cerró con mamparas de cristal de piso a techo, para proteger del viento sin obstruir el paisaje; por atrás, se dejó un espacio semitechado que está resguardado de los elementos por la misma piedra. De aquí nace una escalera de caracol con peldaños más rústicos (cajas de madera con tierra) que conducen a la terraza con alberca de vista panorámica excepcional, y una chimenea que fue capricho encantador de la clienta, un elemento que había guardado mucho tiempo y que hoy usa mucho para abrigarse en la cima de todo.

Interiorismo minimalista, rústico y orgánico que ensalza los elementos nativos del desierto costero peruano

Rústico y natural

“Varias casas en la costa peruana tienden a mirar solo el mar; para nosotros era importante resaltar la variedad del paisaje norteño: la costa, la jungla nativa, la roca, la arena, el desierto”, relató Alejandra Iturrizaga. Por eso, la arquitecta concibió espacios con una dualidad de visión.

La propietaria había residido años atrás en lo que ahora es el hotel que colinda con la casa. Por eso, muchas de las plantas que ella había cultivado y que aún se yerguen en los alrededores se integraron al paisaje de la nueva residencia. Además, las plantas nativas que ya existían en el cerro se respetaron y el diseño los incorporó a los corredores y espacios interiores.

La arquitectura respetó la vegetación que ya crecía en el cerro.

El respeto por la naturaleza y por la vida propia del terreno se evidencia también en la ubicación del puente que conduce a la habitación principal: esto responde al cauce que se forma entre la cima del cerro hasta el mar, y que fluye con agua de las lluvias cuando es temporada.

La casa se pensó desde una perspectiva exploratoria y artesanal. Se usó tabiquería de hualtaco, un árbol endémico del bosque seco de la región y, además, se emplearon métodos constructivos artesanales, como el astillamiento. No se usó pintura en ninguna habitación, toda la casa fue pintada con tierra de la quebrada. En ciertas zonas (como la fachada) se usó el petate —una alfombra típica tejida con junco— para hacer el vaciado de cemento y que así los muros luzcan el negativo de esta textura. Esa rugosidad y la connotación a los materiales y las costumbres de la zona se convirtieron en la piel de la casa.

A nivel de interiorismo, la cocina es un diseño del despacho de arquitectura y el mobiliario, como la mesa de comedor empotrada en la roca, se hizo en colaboración con Cristina Gallo, quien se encargó de la selección de textiles, muebles, arte y objetos, muchos de los cuales pertenecen a la colección de la propietaria. Otras piezas se mandaron a hacer, como las lámparas de cerámica, encargadas a un artesano de Catacaos, región norteña conocida por ese oficio.

“Optamos por no poner muchos objetos”, finalizó Alejandra Iturrizaga. “El cerro es tan bonito que quisimos dejar aires y respiros que inviten a detenerte a apreciar dónde estás”.

Fuente: admagazine.com

Por jfish

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